Antonio Gamoneda, el poeta que nunca quiso llevar reloj (y sólo ha tenido dos)
- Cuenta que prefiere ser dueño de su tiempo: Tuvo su primer reloj de pulsera a los 13 años ("me lo regaló mi madre y lo vendí a los cuatro días"), y el segundo, más allá de los 50, "regalo de Jaime Quindós"
- Con las maletas preparadas para pasar un verano más fresco en el desván de su casa de Asturias, el veterano poeta sigue escribiendo versos a diario
Lo parieron en Oviedo en 1931 pero ha pasado nueve décadas en su querido León, donde escribe versos cada día. Antonio Gamoneda, de 94 años, prepara estos días la maleta para pasar en Asturias "un verano un poco más fresco".
"Si me dejan", quiero escribir en el desván, que es donde más me gusta, cuenta. Y cuando mira la hora para ver si se le ha hecho tarde ("me espera mi hija") cuenta que nunca le gustó llevar reloj, "y ahora que lo llevo, no lo veo nada bien".
El primer reloj que tuvo se lo regaló una de las mujeres imprescindibles de su vida, Amelia Lobo, madre del poeta, cuando cumplió 13 años. "Era un 'cyma', y a los cuatro días lo vendí", dice sonriendo, "nunca me ha gustado llevarlo".
El siguiente reloj de su vida, "y no pienso tener más", es el que le regaló su amigo Jaime Quindós, "pasados ya los 50 años".
Dice que oye mal, que ve cada vez peor, pero escribe cada día. Con 94 años cumplidos hace unas semanas, Gamoneda ultima un nuevo tomo de sus memorias, que titulará ‘Catálogo de olvidos’, y tiene dos poemarios en marcha, ‘Después del jamás’ y ‘Cancionero de la indiferencia’.
A su madre, Amelia Lobón, le dedicó Gamoneda este poema:
Hablo con mi madre
Mamá: ahora eres silenciosa como la ropa
del que no está con nosotros.
Te miro el borde blanco de los párpados
y no puedo pensar.
Mamá: quiero olvidar todas las cosas
en el fondo de una respiración que canta.
Pasa tus manos grandes por mi nuca
todos los días para que no vuelva
la soledad.
Yo sé que en cada rostro se ve el mundo.
No busques más en las paredes, madre.
Mira despacio el rostro que tú amas:
mira mi rostro en cada rostro humano.
He sentido tus manos.
Perdido en el fondo de los seres humanos te he sentido
como tú sentías mis manos antes de nacer.
Mamá, no vuelvas más a ocultarme la tierra.
Esta es mi condición.
Y mi esperanza.
— Del libro 'Blues castellano'