Trapiello: "Entrevistando a un turista británico me entró el veneno fascinante de fisgar la vida... y aprender a contarla"

El periodista Pedro Trapiello publica 'Cazurros: o rebecos... o castrones'. | JAVIER CASARES

  • "O somos todos o no somos nadie", dice Pedro Trapiello, autor de 'Cazurros: o rebecos... o castrones' (ed. Lobo Sapiens)

Esta semana ha visto la luz el segundo de los seis tomos de la 'Penúltima antología' del periodista y escritor Pedro Trapiello, una compilación temática de las columnas que publica cinco días a la semana en el Diario de León. En la selección de sus 'Cornadas de lobo’ para este volumen, ‘Cazurros: o rebecos… o castrones’ (709 páginas, ed. Lobo Sapiens), Trapiello disecciona cómo somos los leoneses, "esos paisanines con boina siempre achusmando detrás de una sebe". Y lo hace con la experiencia que atesora en la recámara: cinco décadas dedicadas a dar cuenta de cómo pasa la vida en su León del alma, a andar y contar. "Caminar y ver, vivir y aprender", dice un exlibris que garabateó este hombre con voz-cueva -qué voz- y una palabra escrita que desata carcajadas y ternuras, escozores y tirrias. El veneno del periodismo le contagió mientras estudiaba Derecho, y ya nunca quiso dejar de fisgar y teclear, para alegría (o tortura) de sus lectores, fans y detractores, que de todo tiene.

  • Se ha hecho esperar este segundo tomo, cargadito de columnas en las que 'se mete' con los cazurros. ¿Usted lo es? ¿Lo somos todos los leoneses?
  • Meter no me meto, ahí voy metido y también conmigo va la copla. Cazurro nunca se llamaron a sí mismos los leoneses, es más bien un despectivo asturiano y bien antiguo por señalarnos las malas virtudes de reservones, desconfiados, huraños y agarrados que veían en nuestra tierra. Y como para aliviar lo que tenga de insulto es mejor llamárselo a uno mismo, ya en los años 70 fui el primero en comenzar a utilizarlo para definirnos metiendo cierta sorna y orgullo a la burla, cosa que aquí no sentaba nada bien y se escribían furiosas cartas al director escurriéndome. Pero ya ves, hoy, algunos años después, lo de cazurro se ha convertido en razón ufana y así se bautizan bares, grupos musicales o políticos, productos de la más diversa índole, desde cervezas a hojaldres.
  • ¿Qué les pasa a algunos leonesistas con usted, que de vez en cuando echan furias con lo que escribe?
  • Será algún leonesista de anteayer a quien lo de León no le pasa del campanazo en campanillas, del grito de grada o de la banderita con un sentimiento que es más de negar al otro que de afirmar y conocer lo propio, porque el leonés de sentimiento cierto jamás podrá reprocharme la defensa de lo leonés en la que siempre me he batido teniendo a la fuerza que ser crítico con tanto oportunismo político que se apunta a pescar favor o voto en lo emocional o pasional, en lo nacionalero, en creerse diferentes y, por tanto, superiores. Admiro al leonés que calla por no marrar y desconfío del que alardea en vocinglerías, el leonés que trabaja y no pregona.

El Derecho Romano me enseñó sus tres pilares, los que hoy deberían gobernar nuestra existencia: "Vivir honestamente, no dañar o joder al otro... y dar a cada uno lo suyo"

El poeta Antonio Gamoneda y Lani Palomo, presidente de la Fundación Sierra Pambley, acompañaron a Trapiello en la presentación de su libro. | JAVIER CASARES

  • Cuenta que la vida por estos lares cazurros va a cámara lenta. Debe de gustarle mucho esta tierra para haberse querido quedar siempre por aquí a pesar las ofertas tentadoras que ha tenido de territorios más grandes…
  • Nací leonés y quise vivir aquí, una apuesta a veces temeraria y en algún sentido ruinosa, pero no vine a este mundo a trabajarme un plan de pensiones o una gloria que al final siempre es algo inmerecida... aquí están los míos, mi sangre, mi historia... ¿Qué sentido tendría dar lo que pueda tener de bueno en otras lejanías atropando para mí sin compartirlo con mi gente y, en lo que me quepa, ayudar a su prosperidad o acompañarles en su destino que tantas veces roza la fatalidad?

El único dios hay que buscarlo en uno mismo para encontrarlo en el corazón de los demás

  • Y dice en las disculpas previas a este 'tocho' que le gusta la máxima del ‘Si no puedes convencerlos, confúndelos…’. Cuando escribe, ¿a quién se dirige? A veces parece que algunos personajes que cita son eso, personajes…
  • Hay veces en las que uno no puede o debe ser todo lo claro que debiera y hay que utilizar dobles sentidos, retóricas retorcidas o licencias literarias para llegar al mismo fin. Tampoco quiero parecer ni ser dogmático o ceremonioso, al lector hay que darle su papel en la duda y en la "discurrencia" porque siempre puede saber mucho más de lo que uno escribe.
  • ¿Por qué le dio por escribir allá por 1971?
  • No me dio, me dieron. Estudiaba Derecho entonces y en una visita al Diario de León que me era ya tan familiar por tener allí a parientes periodistas y amigos, su director, Alfredo Marcos Oteruelo, me propuso trabajar aquel verano, pensando yo que sería alguna labor de talleres o auxiliar, lo que me vendría muy bien para comprarme los libros del próximo curso y no agravar así la economía doméstica, cosa que me llenaría de orgullo y autosuficiencia, aunque me aclaró que sería para escribir... "Pero piénsatelo", me dijo... ¿pensármelo?, ¡ya mismo!... ¿Sí?, concluyó, pues cógete al fotógrafo y vete a la Catedral y entrevista a algún turista... Y allá inicié lo impensable con Fernando Rubio y sus cámaras, estrenándome con un turista al azar que resultó británico, y con mi pobre y desastrado inglés hube de trenzar un diálogo algo torpe, pero fascinante a la hora de escribirlo... supongo que no poco lo deduje, si no me lo inventé... y allí me entró el veneno fascinante de fisgar la vida, la ciudad, la gente... y aprender a contarla.
  •  ¿Desde cuándo supo que quería dedicarse a esto de contar la vida?
  • Quizás desde ese mismo momento. El paisaje ante mí tenía horizonte. Acabó aquel verano y le sugería a Oteruelo que me apetecía seguir escribiendo compatibilizándolo con mis estudios. Le pareció prometedor, había sacado buenas conclusiones de mi catecumenismo periodístico y allí me bautizó y me bauticé dándome continuidad en la aventura que, ya sine die, no concluyó. Así que, más bien que mal, fui cayendo en la cuenta de que me aprovechaba más para entender y arreglar el mundo aquel ver, contar y escribir, antes que acabar una carrera de Derecho que me defraudaba enormemente al verla plagada de materias áridas y tochas en las que eran más importante las leyes que la Justicia, lo justo, la solución al hombre.

El amiguismo clientelar en el mundo de la cultura es endémico y alberga la corrupción más vergonzante de todas las corrupciones que hoy nos asedian

  • De no haberse dedicado a lo de las palabras, ¿qué le habría gustado ser? ¿Tenía alguna idea de niño?
  • Yo iba para fraile y, si me apuras, para Papa, así me las prometía, y pensaba llamarme Pedro II porque había una profecía que decía que el último papa se llamaría así y con él vendría el fin del mundo. ¿A quién no le puede apetecer un "después de mí, el diluvio"?... Qué bárbaro, cosas de niño, fantasías crueles y redentoras. Pero ya entonces, y aún más después, me habría gustado ser Durero y dibujar como él; me fascinaba el dibujo; eso era inmortalizar lo que se muere o crear lo no existe; si el mundo no puede arreglarse, al menos puede pintarse de otra forma, imaginarlo real con sólo demostrar su imagen posible al poder ser dibujada. Y dibujar desnudos era alivio en mi adolescencia. Pasado el tiempo, sin embargo, creí también que mi vocación debería derrotar por la botánica, la fascinante vida vegetal, me chifla toda la ley y maravilla que encierran las plantas, desde la vida menuda a los bosques y, ya puestos, ¡cómo no llegar a ser arquitecto del paisaje!, renaturalizar tanto como se destroza, especialmente en esta tierra leonesa en la que heredamos lugares y paisajes fascinantes, una herencia que no es una donación de nuestros abuelos, sino un préstamo de nuestros nietos, a los que no podremos devolvérsela en plazo y cantidad porque la estamos desbaratando, esquilmando y emputeciendo... y esa codiciosa idiotez humana me subleva.

Trapiello firma un ejemplar de su 'Cazurros' (ed.LObo Sapiens). | JAVIER CASARES

  • Decía Chaves Nogales que andar y contar era su oficio. Me recuerda mucho a esa máxima el exlibris que dibujó hace años, que ilustra también la primera página de este libro: ‘Caminar y ver, vivir y aprender’
  • ¿Es que se puede hacer otra cosa más interesante y provechosa para uno y, por ende, para todos?... O somos todos o no somos nadie. El que camina conoce a otros y encuentra mundos más allá de su ombligo... El que sabe ver conoce más y comprende mejor... El que vive aplaza la muerte y puede enseñar a vivir... Y el que aprende puede indicar a los demás si no dónde ir, sí a dónde no hay que ir. Hay mucho barranco y mucho cabrón por ahí esparcidos.

  • Si tuviera que sintetizar mucho, ¿qué diría a día de hoy que ha aprendido en esta vida, de tanto caminar, y a partir de qué edad?
  • Nunca se deja de aprender... y de saber que se ha aprendido poco para que el conflicto universal te demuestre que, en realidad, sabes que no sabes nada. La vida es un enorme escenario y un complejo equilibrio; conjugarlo cada día con honradez te da la experiencia, te escarmienta y te educa para no ser un abencerraje o un totalitario, eso que tanto sobra en este hoy convulso, agresivo e insolidario. El Derecho Romano me enseñó sus tres pilares, los que hoy deberían gobernar nuestra existencia: "Honeste vívere, alterum non laedere y suum quique tribuere", esto es, vivir honestamente, no dañar o joder al otro... y dar a cada uno lo suyo. Y con ello no debería haber más leyes, que al final acaban siendo trampas para que todo el que se sienta poderoso abuse y robe el vivir de otros.
  • Le pega a todo: columnas, libros, guiones, radio, ilustración… ¿En qué medio se desenvuelve mejor, puestos a elegir? Y con esa pedazo voz, ¿no echa de menos la radio, a la que tantas horas ha dedicado?
  • Al final todo es la palabra, ya venga escrita en prensa, en libro, en radio viva, en cine... o dibujada. Es la palabra, es el mensaje, el aviso que uno cree tener que decir a los demás para compartir una visión, un paisaje, una emoción o un posicionamiento. Pero si tuviera que elegir, y no lo haré, diría que la palabra dicha y espontánea, porque es la que dicta la entraña y por tanto se empapa mejor de sinceridad... Y porque amén de ser menos trabajosa, se la puede llevar el viento además aliviándote de tus errores o intempestividades, que tanto caben en ella.
  • De su época de gestor cultural, ¿qué recuerda?
  • Todo. Es un campo magnífico y hasta deslumbrante de la comunicación total porque ahí van las artes plásticas, la creación, los libros, la cultura en todas sus manifestaciones... y sobre todo, la educación en la el saber y belleza para que la gente sea más armoniosa y civilizada, esto es, más justa en su criterio y más ligada a la sociedad a la que pertenece. Me cayó el privilegio de inventar y desarrollar el proyecto de un gran centro cultural como el que empezó siendo el viejo edificio de Pallarés y que pretendí, lográndolo admirablemente en sus comienzos como unos almacenes culturales, esa era la idea, que fuera de la gente, de toda la gente. En ocho meses desfilaron por allí casi quinientas mil almas, era cristal transparente y cupo de todo, pintura, música, escultura, etnografía, filatélica, antigüedades, performances que dicen ahora, televisión, corros de debate... y sorprendentemente el dinero público que se gastó allí fue insignificante porque pudimos demostrarnos que la cultura puede ser mínimamente costosa. Un ejemplo: los seis millones de pesetas (36.000 euros) que se gastaron en las cuarenta producciones que allí albergué y las treinta que dejé programadas, se los gastaron después en tan sólo dos catálogos y un comisario de la cuerda. Así que, de todo lo que recuerdo de aquella ilusionante y vitalista experiencia que finalmente frustraron, extraigo una conclusión decepcionante: el amiguismo clientelar en el mundo de la cultura es endémico y alberga la corrupción más vergonzante de todas las corrupciones que hoy nos asedian por ser especialmente incomprensible al suponerse que en la cultura están los más listos y elevados de espíritu, aunque no por ello más honrados, bien al contrario.

Trapiello, entre su editor, Martínez Reñones, y Lani Palomo. | JAVIER CASARES

  •  ¿Para qué sirve el columnismo hoy? 
  • Para complacer al lector que sólo elige a unos columnistas y desdeña u odia a los demás, cuando lo único enriquecedor es conocer cómo piensan los demás y especialmente los contrarios, tanto por reconocer los puntos de concordancia que puedan caber, que los hay, como para saber por dónde no hay que tirar. Pero sirve también para mucho el columnismo por proporcionarle al lector una interpretación de la realidad y la noticia siempre envuelta en confusión, cuando no en falsedad. La opinión, la columna, es también información descifrada. Y si además la columna abre ventana a la literatura, es una opinión florida, festiva o demoledoramente trágica, según el asunto o el momento, porque el corazón se abre ahí su hueco en la actualidad noticiosa.
  • Y el periodismo, ¿en qué estado se encuentra desde donde usted lo mira? ¿Hay esperanza, o entre tanta IA y tanto pseudomedio nos vamos a la mierda los que de verdad creemos en el oficio?
  • Malos tiempos corren para la lírica periodística entendida como descripción de la verdad, de lo que ocurre. Se oculta o se ignora mucho más de lo que se difunde, y entonces tantísimo que hay de bueno o positivo queda sepultado por la realidad del espectáculo que cada cual quiera vender. Hay mucho interés malicioso. Y el periodismo lo bastardea hoy cualquier red con su terminal en los bolsillos de todo quisque se activa a su vez y así se erige en periodista y transmisor. Vivimos ya en una Babel donde la desinformación y la manipulación interesan más que la objetiva relación de los hechos que a todos nos incumben. El poder económico y especialmente el político serpentean en toda información y hasta la posibilidad de elegir el lector a los más honestos se diluye en un marasmo plagado de voces, cabeceras falsarias, medios robots, periodistas a sueldo infame, cantamañanas, sensacionalistas, intoxicadores, agitadores... Mal panorama, señora, malísimo... Aunque confío en la sagacidad del lector honrado que sabrá encontrar a quien dar su fe y desenmascarar al ladrón de la verdad, algo que la inteligencia artificiosa hará difícil, si no imposible.
  • Antes presumía de no leer, pero no hay quien se lo crea, que nos conocemos... ¿Qué lecturas le hacen vibrar o le estremecen, para bien o para mal?
  • Leo poco y no debería presumir de ello... ¡y hay tantísimo que debería leer!, grandísimos pensadores, literatos que van más allá del entretenimiento, analistas que escudriñan donde nunca alcanzaríamos... Pero es que también me gusta leer a ratos, a trozos, y no necesitando estudiar... Y leer a la gente, a la vida oculta que nunca será noticia, la cosa que menuda que es la que empedra los días y los afanes de la gente, de un país... La noticia que no es me parece a menudo más noticia... y menos nociva e intranquilizante. ¿Y qué lecturas me estremecieron?... Por empezar de crío, la Biblia, que nos la tenían prohibida en el bachillerato y razón no les faltaba, ahí fui descubriendo mucha morralla, sí, pero mucho cuento cruel, cosas tremendas y a un Yahvé brutal cuando se pone canalla, a viejos rabinos seduciendo a doncellas, a los hijos de Noé follándose a su madre... No hay mayor novela. Después me estremeció luminosamente Erich Fromm con 'El arte de amar', Paulo Freire con su 'Miedo a la libertad' o 'Pedagogía del oprimido', el teatro pánico y absurdo de Arrabal o alguna obra de Casona como 'Prohibido suicidarse en primavera'... Y no te digo 'Los 120 de Sodoma' del marqués de Sade... También el 'Hambre' de Knut Hamsum me marcó... Pero, en general, mucho libro me fatiga, y así puedo acomodarme en la inopia y no tentarme a la cita erudita y a lucir biblioteca... de hecho, toda ella lleva encerrada en cajas desde hace 30 años.
  • ¿A quién lee?
  • Poco... algo de Paul Auster, Jabois, de mi hermano Andrés... Y ahora mismo, ese libro que me regaló usted y en cuya lectura le sorprendió la muerte a José Mujica, 'Nexus', un brillante ensayo sobre las redes de la información desde la Edad de Piedra hasta hoy del israelí Yuval Noah Harari, merecido superventas con otras obras suyas.
  • ¿Por la poesía nunca le ha dado?
  • De jovenzuelo fui atrevido y hasta quería imitar a Lope de Vega o Quevedo muy malamente. La poesía es para mentes más cultivadas que sepan huir del perifollo y exploren lo esencial, lo sencillo, que es lo más grande. Machado fue siempre el que más me conmovió porque no quería ser modernista ni nada que no fuera él mismo. Es auténtico.
  • Es curioso que entre sus hermanos haya tantos artistas: de la palabra, de la luz… ¿Qué les daban de desayunar, o fueron las horas de internado, que despiertan inquietudes?
  • El desayuno fue siempre tazón de leche migado con aquel primer colacao que "si lo toma el 'biciclista', se hace el amo de la pista; y si es el boxeador, golpea que es un primor"... El internado bachiller en los dominicos bien pudo ser estímulo al complementarse con una honda educación artística, humanista y musical, aunque quizá fue más decisivo el instinto de huir del gremio de ultramarinos, de la granja o las fincas de la familia, a lo que mi padre jamás objetó, aun viendo frustrada su continuidad y afán con que engrandeció lo suyo. Haber vivido en nuestra casa el tío cura César, periodista y profesor de dibujo también añadió algo o bastante a esos horizontes.

Pedro Trapiello. | SM

  • A su hermano Seve, uno de los grandes paisajistas leoneses, que falleció hace unos meses, le dedica este volumen… ¿Con los años aprende uno a no desgarrarse en las despedidas?
  • ¡Cómo no desgarrarse cuando una marcha como la de Seve abrió un cráter con un vacío irreparable!... Era el mejor de la contrata y, por más pequeño, más querido, una centralita que nos conectaba a todos... Y aunque logró una sensibilidad artística que le convirtió seguramente en el mejor paisajista de lo hondo y humano de León, estaba disfrutando de su conquistas con el pincel cada vez más luminosas... Y encima, era modesto, no perseguía más premio que la nota siempre rebajada que se daba a sí mismo. Merecía como nadie la calma y la paz, pero jamás tan temprana... ¡cagüen la muerte puta y ciega!...
  • También se lo dedica a su madre, de quien habla a menudo en sus columnas. ¿Cómo de muchísimo le ha marcado la figura de la matriarca, 'Laurita'?
  • Si la única patria es la infancia, la madre es ahí la guarida y la leche, la miel y la lágrima, el amor desprendido y el silencio que grita 'madre, ¡¿dónde estás?!' Laurita era un compendio de saberes viejos, rezos machacones para un Cielo sordo, horas y horas de no parar nunca, nueve hijos, alguna fatalidad enhebrada, memoria de lo muerto que ha de revivirse, puchero de glorias para días vulgares, huyendo de lujos o vacaciones, siempre ahí, enfermera y sastra... Cantaba de memoria el 'Gernikako arbola' sin haber pisado Euskadi ni tener zorra idea de euskera... y más curiosina que un cacharrín con asas.
  • ¿Y qué recuerdos atesora de su padre?
  • Un espartano marcado por una guerra a la que le mandaron demasiado joven para "defender la Religión", decía la abuela Amada... un labrador de vista larga que hubo de reconvertirse en industrial del comercio, en granjero, en curtidor, en colmenero, en ingeniar alambiques... Terco en sus principios inamovibles, se hizo hebra de vilorta ante los destinos contrarios que elegían sus hijos. Y sólo cuando murió empezamos a medirle la grandeza de su talla menuda. Porfirio, el mayor de sus hermanos, pechó con todo lo que le cayó encima para redimirse del destino que él soñaba a menudo lejos, en las vegas fecundas de La Vera extremeña.
  • ¿Recuerda una infancia feliz?
  • Muchísimo más feliz que infeliz, sin duda... Y con una familia pobladísima y cercana pudiendo formar dos equipos de fútbol con sólo los primos para no necesitar en el partido a los guajes del barrio... Y ahí las primas para el necesario coro de risas y bromas. Y como éramos muchos a repartir las riñas, tocábamos a poco. Barrio de San Esteban, las Eras de Renueva, el río Bernesga al lado para pescar con moruca, la calle nuestra para jugar a 'balón-tiro', la escuela llevadera...
  • ¿De verdad iba para cura, o esos internados han habituales en su niñez y juventud eran más un escape que una vocación? No sé si fue obligado o no…
  • Para fraile... y de los más chulos con hábito blanco total y capa negra para embozar las intimidades, dominicos. Aunque fuimos todos los seis hermanos, jamás obligados, era una senda compartida y buscada. Teníamos vocación, me hacía ilusión ser predicador y salvar gentes y revolucionar la carcundia frailuna para ser más modernos y rompedores. Los pequeños la fueron perdiendo a los tres o cuatro años, los cuatro mayores llegamos a frailes estudiantes, mi hermano Andrés hasta el noviciado, yo hasta Filosofía, y Luis y Jose hasta Teología, aunque sólo quedó este último, que es fraile total, muy profesional y austero y es hoy el exorcista oficial de la diócesis de Compostela. Y todo ese tranco tan decisivo en la vida lo recuerdo fecundo en mucho y vitalista, dura pero fecunda formación, estudio espartano, horizontes limpios...
  • ¿En qué cree, si cree en algo?
  • Creo en la bondad de la gente, pero me aterra su malicia, que es mayor. Creo que hay que creer en algo superior que contenga las pulsiones demasiado humanas, y que cada uno lo llame como quiera. Al final, la razón y la ciencia me derrumbaron la idea de esos dioses que acabaron negando a los demás dioses guerreando contra todo infiel y haciéndose estructuras humanas, mundanas, poderosas y tantas veces tiranas. Fe no es creer lo que no vemos, sino crear lo que no vemos. Necesitamos que alguien imponga su ley natural sobre nuestras leyes injustas. Incluso creer en otra vida es lícito si con ello nos hace mejores, así que ya no me dejé convencer por ninguna doctrina religiosa, mágica o mística, porque al final me dije lo de aquel: “No creo en mi Dios, que es el verdadero, ¿cómo cojones quieres que crea en el tuyo?”... Y lo mismo me ha ocurrido con las ideologías, los ateísmos, que son tan creyentes como el meapilas, pero al revés, las filosofías políticas, los dogmas de quien quiera imponerlos, las verdades absolutas que tantas veces mueren pasando el tiempo... El único dios hay que buscarlo en uno mismo para encontrarlo en el corazón de los demás.
  • ¿Ve posible ser consciente de lo breve que es esto de la vida a edades tempranas? Quiero decir, ¿cómo es que el ser humano no espabila hasta que ya es más talludito de la cuenta?
  • Porque seríamos viejos y descreídos desde ñarros cuando es necesario creer que la vida y la gente tiene razones y medios para ser maravillosa, pese a todo. Si no pensáramos que somos inmortales, aun sabiendo que la muerte para el no creyente es el único final, para qué vivir si es una apuesta perdida. No. A veces es mejor una inconsciencia, un no querer saber, para que el presente no sea un peldaño de la nada.
  • Escribía hace poco Jabois que un colega suyo le decía que a partir de una edad uno para ser feliz no pide alegrías sino tranquilidad… ¿Cuál es para usted el colmo de la satisfacción vital?
  • Ser dueño del tiempo... No trabajar para poder consumir más... Reducir las necesidades de tanto que creemos importante... Y encontrar la libertad para no tener que correr por correr, ganar por ganar. A menudo sólo gana el que pierde lo tantísimo que nos sobra. Eso es lo que da tranquilidad. La armonía no quiere ruidos, sustos y tantos sobresaltos como tenemos que vivir en este tiempo nuestro. Y llevarse bien. La bondad y la amabilidad alargan la vida... y le dan sentido.
  • ¿Es de esos autores que dicen que escribir es desahogarse? Siempre reconoce que se lo pasa pipa dándole a la tecla…
  • Escribo porque es la forma más desahogada y vaga de ganarme la vida, pero no escribo para desahogarme, aunque no pocas veces me descargo de culpas devolviéndoselas a quien de verdad las tiene. Y en esta vida, ciertamente, hay mucho culpable que controla medios o poderes para absolverse y seguir jodiendo. Y a esos, ni agua... y al cabrón, ni vino, que se viene arriba.
  • Dígame un destino perfecto.
  • Contigo, por ejemplo.
  • Y un destino pendiente.
  • Contigo... y con un bloc de dibujo y un lápiz para dibujarte en la cara y escribirte en el dorso.
  • ¿Tres columnistas que le fascinen?
  • Serían más, pero por reducir a quienes hoy columnean: Jabois, Leila Guerriero y Ángel Antonio Herrera. Súmale Raúl del Pozo y permíteme mirar atrás a Umbral, García Márquez, Campmany, Camba, Pemán, Ruano, incluso Cela... Y tantos más por hacerme sentir tontuelo e intruso.
  • Venga, dígame un destino perfecto.
  • Contigo otra vez. Repitamos.
  • ¿Y un sueño por cumplir?
  • Aprender a dibujar bien y tener un huerto loco donde las berzas dejen sitio a las flores y a la maleza que también pide su sitio y su función.
  • ¿Qué cualidades valora más en una persona?
  • La bondad y la sinceridad. Son la mejor senda a la perfección del hombre... Y de la mujer, no se me ofenda.
  • ¿Y cuáles ve imprescindibles para dedicarse a contar historias?
  • La capacidad de admirarse de aquello que los demás no quieren o no alcanzan a ver. Y la honestidad para no engañar a los demás ni engañarse a uno, eso a lo que tanto propendemos para poder justificar nuestras miopías, torpezas o crímenes, que todos llevamos un asesino dentro.
  • ¿Se arrepiente de alguno de los cometidos profesionales que ha desarrollado a lo largo de su carrera?
  • De ninguno, hasta los menos buenos fueron imprescindible escuela para aprender a no hacer según qué cosas. Y nos han sido pocos los míos, porque lo de intruso se me da menos mal.
  • Después de su 'Al río y por ahí' y este 'Cazurros: o rebecos… o castrones', ¿el próximo volumen de su colección qué temas abordará?
  • Pues vendrá el de 'Cornadas de lobo', columnas más genéricas, después el titulado '¡Pordiós!', donde rescatamos tantos artículos con la religión o las creencias al fondo, otro dedicado a 'Ropa vieja' con descartes... y si alcanzo, a uno último de título maldito o maledicente que se titulará 'No hay con quién', con cartas para aprender a despedirse.
  • ¿Y ya sabe de qué va su columna de mañana?
  • Pues no necesariamente... A veces me pilla la hora de cierre, aunque en alguna ocasión logro adelantar dos o tres por si hay escapada o por si las moscas. Y la de mañana irá por derecho, y al natural, para celebrar el acontecimiento de que Gamoneda nos siga cumpliendo años... '94... y mucho más' la titulo, porque don Antonio no cede brío y luz trabajando con mazo pilón creativo en una ampliación de sus memorias, 'Catálogo de olvidos', y en otros dos poemarios que tanto prometen en sus títulos: 'Después del jamás' y 'Cancionero de indiferencias'.
  • Y ahora que habla de Gamoneda, le vimos emocionado con las palabras que le ha dedicado a usted en la presentación de su libro, menudo panegírico. En el prólogo, también del Cervantes, ya dejaba entrever el poeta que le considera un maestro de las letras, menudo honor, pero este miércoles en la Fundación Sierra Pambley le puso por las nubes. ¿Le puso nervioso? Reconozca que hasta le temblaba la voz después de tanto piropo...
  • Cómo no en su desmedido elogio, cómo no en lo que tiene de nombrarme pupitre de su gran magisterio... Así que he de tomármelo no tanto como gratificante estímulo, cuanto más como tarea que me exija y comprometa a no defraudarle en lo poco nuevo que de mí pueda esperarse... Y así al menos, si no consigo aburrir, aspiraré a alcanzar un aprobado, y con ello daré por cumplido mi empeño y su juicio tan rebozado de cariño.