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Villaverde la Chiquita, el pequeño pueblo donde la Navidad se hace a mano (FOTOS)

En Villaverde la Chiquita no hace falta mirar el censo para entender lo pequeño que es el pueblo. Basta una vuelta por sus pocas calles. Casas bajas, el caño, el puente… y, desde este fin de semana, un cartel de madera que da la bienvenida con un “Feliz Navidad” escrito con pintura roja.

Durante el año viven apenas sesenta personas, pero estos días el número engaña. El sábado por la tarde el pueblo se llenó de coches aparcados en las entradas, niños correteando entre luces y vecinos que hacían viajes de ida y vuelta entre la carpa y el mercadillo. Era la segunda edición de su mercadillo navideño, organizado por los propios habitantes del pueblo y el ambiente era el de una reunión entre amigos.

Un pueblo decorado con mimo

Villaverde no tiene ni grandes presupuestos ni estructuras gigantes contratadas a una empresa. Tiene algo más sencillo pero mucho más valioso: tiempo, ganas y mucha imaginación. El resultado se ve nada más entrar: el caño convertido en un pequeño escenario de luces de colores, el puente vestido con una girnalda azul que parece flotar sobre el cauce, las calles decoradas de fachada en fachada y pequeños adornos colgando del cableado. En una esquina, tres renos hechos con troncos de árbol miran al visitante con ojos de botón. Al fondo, un árbol de Navidad altísimo y un marco de luces preparado para hacerse la foto de rigor.

Todo está hecho por ellos: vecinos que han pasado tardes enteras preparando adornos, colocando bombillas y pensando cómo darle una vuelta a cada rincón del pueblo.

Mercadillo de pueblo, gente de media comarca

A los pies del árbol se montó el corazón de la fiesta: el mercadillo. Mesas con productos hechos en la tierra, detalles artesanos y pequeños regalos pensados para llevarse de recuerdo algo más que una foto.

El trasiego era constante. Familias enteras paseando, grupos de amigos que habían hecho unos kilómetros solo para “ver cómo ponen el pueblo” y mayores que miraban todo con una mezcla de orgullo y sorpresa. No es habitual que una localidad tan pequeña consiga atraer a tanta gente en una noche fría de diciembre, pero Villaverde lo ha hecho ya dos años seguidos.

Bocadillos de lomo, sopas de ajo y una rifa

La fiesta también olía a brasas. Mientras unos elegían adornos, otros hacían cola en la carpa donde se preparaban bocadillos de lomo recién hecho y sopas de ajo, ese remedio infalible contra el frío que aquí se sirve en vaso de plástico y se toma de pie, apoyado en cualquier pared.

Hubo también rifa, porque en los pueblos las celebraciones nunca van solas: el mismo número servía para probar suerte y, de paso, echar una mano a que el mercadillo pueda repetirse el año que viene. Entre tanto, las conversaciones se mezclaban con el ruido de los niños subidos a los renos de madera y parejas que buscaban el banco del muérdago, ese que invita sin rodeos: “Si el muérdago ves, un beso pide después”.

Un pequeño pueblo que se niega a apagarse

Villaverde la Chiquita podría pasar desapercibido en el mapa de la provincia. Sin embargo, estos días se ha convertido en una parada obligada para quien quiera ver cómo un pueblo pequeño puede iluminarse como pocos lo hacen. No hay grandes discursos detrás, la idea de que si la Navidad se celebra, que se note. Y que nadie tenga que salir de su pueblo para sentir que también le pertenece.

Cuando se recogen los puestos, las luces siguen encendidas sobre el caño, el puente y las fachadas. Quedan ahí como recordatorio de que, en este rincón de León, un puñado de vecinos ha decidido que su pueblo no se apaga en invierno. Que, como mínimo, brillará todo lo que den de sí las bombillas y sus propias ganas.