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Matarte no es lo peor que te pueden hacer: La vida de la abogada leonesa Raquel Díaz tras la violencia extrema

Raquel Díaz fue brutalmente agredida por su entonces marido, el expolítico berciano Pedro Muñoz, el 27 de mayo de 2020. Sobrevivió.
Raquel Díaz fue brutalmente agredida por su entonces marido, el expolítico berciano Pedro Muñoz, el 27 de mayo de 2020. Sobrevivió.

  • La huella de la última paliza que le dio su exmarido, el expolítico Pedro Muñoz, le dejó un 87% de discapacidad física y mental: “Él estará preso, pero mi condena es de por vida"
  • Hoy se cumplen 6 años del calvario procesal y personal de una superviviente de la violencia de género que, a pesar de los pesares, confía en la justicia y conserva sus ganas de vivir
  • Raquel Díaz: "¿Por qué se nos castiga con el olvido a las mujeres que sobrevivimos a esta lacra?

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La chica de azul que pedalea en la imagen que reposa sobre este texto era Raquel Díaz. Era abogada, joven, muy deportista, preciosa. Estaba feliz. Cuando se tomó esa foto aún no había conocido a su verdugo.

Raquel Díaz, en una imagen de este año, el día de su 50º cumpleaños. | SM

Sobre estas líneas, una fotografía reciente de Raquel, que posa sonriente con una cuelga leonesa con que celebró su 50º cumpleaños. A pesar de los pesares, casi siempre sonriente, con ánimo y muchas ganas de seguir viviendo, aunque las fuerzas no siempre le acompañan.

Seis años después del episodio de violencia de género que la dejó postrada en una silla de ruedas y con secuelas físicas y neurológicas irreparables, Raquel Díaz mantiene su esperanza de que el tiempo y la justicia reparen su sufrimiento.

Conociendo su historia de terror, bien podría decirse que la paraplejia es el menor de los males de Raquel. Acaba de comprar una nueva silla de ruedas y se mueve ágil por todas partes, siempre acompañada. Le dijeron que quedaría tetrapléjica, pero mueve los brazos, aunque necesita ayuda para todo en el desempeño de la vida diaria.

La peor huella de lo que le ocurrió el 27 de mayo de 2020 en Toreno es la discapacidad física y mental que arrastra: 87%. A veces parece una niña, a veces una anciana. Raquel sufre una demencia frontolateral y a veces es consciente de lo que le ocurre, otras no: “Tengo miedo de haberme vuelto loca y no darme cuenta”.

Raquel Díaz, el día de su boda con su agresor, en diciembre de 2018 en Ponferrada. "Ya me había pegado muchas veces, pero creí que cambiaría".

Cuando está mejor, habla sin tapujos de su vida anterior. Habla de sus días felices haciendo deporte, disfrutando de su trabajo y sus amigas, pero también del calvario de malos tratos que vivía en su propia casa, con el hombre al que a veces aún dice que quiso muchísimo. "Desde que conocí a mi agresor, mi vida con él a veces era el cielo, y casi siempre el infierno... Yo siempre estuve convencida de que iba a cambiar, aunque también tenía claro que acabaría matándome".

Raquel Díaz, en primer plano, aplaude a Muñoz en un mitin en El Bierzo. | ICAL

Habla Raquel de constantes insultos y humillaciones de su marido. "Me gritaba, me llamaba zorra, me agredía, me trataba mal delante de cualquiera... pero lo que más daño me hacía, más que los golpes, era que me llamara hija de puta", cuenta ella entre lágrimas. "Aguanté de todo, pero no podía soportar que me llamara eso, mi madre había muerto jovencísima y yo lo estaba pasando fatal".

Muñoz: "Raquel está loca"

En su alegato final en el juicio que lo condenó en 2024 por intentar matar a Raquel Díaz, Pedro Muñoz se agarró al terrible diagnóstico de la víctima que recogían los informes médicos. “No se puede hacer caso de nada de lo que diga esta mujer, señoría, los informes lo acreditan, Raquel está loca”.

Ella, que durante meses había soñado con poder mirar a los ojos a su verdugo en la sala, se sintió exhausta tras declarar durante horas ante el tribunal y prefirió salir tras ofrecer su testimonio. "Fue durísimo, sus abogados me hicieron ver otra vez imágenes insoportables".

Raquel Díaz, a su llegada al juicio a Muñoz, que se celebró en 2023 en la Audiencia Provincial de León. | ICAL

Raquel y su agresor no se cruzaron en el juicio ni pudieron mirarse. Ella no podía. Al llegar, pidió un biombo. Seguía teniéndole pavor tres años y medio después de que él la arrojara desde el balcón de la casa que compartían en Toreno y bajara después a apalearla por todo el cuerpo, según recogió la sentencia. Casi la mata.

Durante el juicio, Raquel no oyó a su exmarido ("él pidió el divorcio, decía que estaba indignado porque le señalé en cuanto desperté del coma") llamarla loca, aunque lo leyó después. Quiso leer todo lo que pudo sobre el juicio.

También había leído, muchos meses antes, cómo él se desentendía de la autoría de la agresión y aseguraba a la fiscal o los jueces que llevaron la instrucción que Raquel era alcohólica, o que tenía ataques de ira, o que a veces se subía al tejado de la vivienda para fumar o para buscar a la gatita Audrey. "Ya sabes lo loca que está tu hermana", le dijo Muñoz por teléfono a su cuñado cuando Raquel estaba en el Hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte.

“Cuenta mi historia, no dejes que me olviden”

Conocer a Raquel, ver de cerca su historia de terror, es plantearse si matarte es lo peor que te pueden hacer. Sinceramente, no lo parece. Sobrevivir pero verte condenada a una vida de dependencia e insoportable soledad no parece la mejor de las salidas para un episodio -muy largo- de violencia, de golpes, de maltratos, de desesperación e impotencia.

Lo dijeron los psicólogos que la trataron antes de la última paliza: Raquel nunca pensó en la muerte, en matarse, pero sí en las pocas fuerzas que le quedaban para seguir viviendo. Con el panorama desolador que le queda de por vida, imposible no pensar que hay brutalidades aún peores que un asesinato.

“Cuenta mi historia, no dejes que me olviden”, dice Raquel en la semana en que se cumplen seis años de su segunda vida. "Yo creo que he sobrevivido para poder contarlo. Que se sepa cómo me dejó y todo lo que me hizo".

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